Sapo, de Max Velthuijs: ¿Se puede reinventar un clásico?

Por Pablo Álvarez, editor de Ekaré Sur

A propósito de la reedición de cinco títulos de la serie Sapo y sus amigos –Sapo es Sapo, Sapo enamorado, Sapo en invierno, Sapo tiene miedo y Sapo y el forastero-, Pablo Álvarez comenta la inapelable vigencia de este clásico contemporáneo.

Una lectura actual de la serie Sapo y sus amigos podría rozar en la nostalgia. Partiría diciendo algo como “los libros de ahora ya no son como los de antes”, entrando en una tediosa comparación de contenidos y mensajes finales. La serie Sapo, también, podría confundir a un lector incauto: que Sapo habla de la amistad, la tolerancia, la aceptación de uno mismo y la diferencia. Todos temas actuales, mediáticos. Pero en realidad Sapo, como todo clásico (y en este caso un clásico contemporáneo), habla de todos los temas al mismo tiempo. Por supuesto que hay uno central que articula el relato, de eso no cabe duda, pero no hay que descuidarse: esa es la punta del iceberg.

Sapo y sus amigos es la serie de libros más conocida del holandés Max Velthuijs. Su protagonista comparte y vive experiencias junto a sus amigos: Rata, Liebre, Pata y Cochinito. En esta fauna se desarrollan las anécdotas de un personaje que, como se puede apreciar en los siete libros que conforman la serie, se enfrenta a diversos dilemas de la existencia. El tono sencillo, tanto de los textos como de las ilustraciones, contrasta con las reflexiones profundas, vitales, que propone cada volumen.

¿Dónde podría radicar la genialidad de una serie como Sapo? ¿Por qué, a más de veinte años de su publicación en español, sigue reeditándose, incluso con un nuevo formato? Sin duda que parte de su éxito está en la construcción de un universo coherente y verosímil, por un lado, y el desarrollo de un personaje con características propias, identificables, de simples pero firmes rasgos, por otro. Más allá de la inseguridad del protagonista, más allá de sus preguntas por la identidad, por la condición de ser sapo, hay un personaje, un héroe si se quiere, bien caracterizado y definido. El trazo grueso de la ilustración, la solución simple de las expresiones del personaje y la paleta de colores restringida, a ratos apastelada, son suficientes para dar forma al protagonista de las historias. El texto, sin duda, dialoga directamente con esta simpleza en la construcción y aporta otro componente vital de la serie: el humor. Fino y sagaz, está en cada detalle, sugerido pero no evidente: “Ese soy yo. Un sapo verde con calzones de rayas”. No hay grandes adornos, ni en los textos ni en las ilustraciones; no hay elaboraciones complejas, al menos en la superficie, y hay una relación directa entre el mensaje y el referente.

Ya no se hacen libros como los de antes. Es cierto y está bien que ya no se hagan. Los clásicos son atemporales e irán apareciendo nuevos relatos que cumplan con las características para convertirse en uno. El caso de Sapo es paradigmático, porque cumple con todas las condiciones de un buen álbum: hay una interacción dinámica entre texto e imagen, existe una disposición narrativa coherente reforzada por los elementos que lo componen. El diseño, algo vintage, dota a las escenas de un marco, un encuadre donde se despliega la acción. Esta nueva edición, con mejoras en la definición de las imágenes y portadas renovadas, conserva el espíritu de este clásico contemporáneo, que bien vale la pena leer y releer con los más chicos de la casa.

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