El Sol, la Luna y el Agua: Una historia milenaria

Por Bernardita Cruz, periodista

28 Agosto 2015

Dos, tres, cuatro pisos. ¿Cuántos niveles tiene que tener una casa para contener toda el agua del océano? ¿Y qué tan alto se debe saltar para llegar al firmamento?

Una paleta encendida y una historia basada en una leyenda nigeriana dan vida a El Sol, la Luna y el Agua, un cuento de las chilenas Laura Herrera y Ángeles Vargas que primero fue concebido como un laminario para el Pequeño Teatro de Papel de Ekaré y que ahora llega como un libro para atesorar.

Desde la portada, sus protagonistas hacen gala de una rutilante jerarquía: el Sol, de melena imponente, viste como el rey de una tribu remota; la Luna ilumina su piel grisácea con un traje y un turbante dignos de una reina, y el Agua se enfunda en turquesa y joyas marinas. Los tres viven en una época en que “los animales hablaban y las cosas de este mundo no eran como son hoy” pero no gobiernan la tierra, sino que la habitan y disfrutan. Son amigos y todas las tardes se juntan a jugar en la casa del Agua. Ella nunca va donde el Sol y la Luna porque jamás sale sin su familia, y esta es demasiado grande. Pero el Sol quiere invitarla, así que se pone manos a la obra para ampliar su casa. La Luna lo acompaña y aconseja en la construcción, y juntos reciben al Agua, que llega con un gran manto de algas y peces. “¿Puedo pasar?”, pregunta desde el jardín, y el Sol le da cantando la bienvenida.

Estamos frente a un cuento donde todas las piezas funcionan como un engranaje perfecto. Una historia milenaria contada sin aspavientos, con un lenguaje sencillo y directo, e ilustraciones cargadas de colorido que se centran en la majestuosidad de sus protagonistas y contextualizan la trama en un escenario de aires africanos.

La narración va dando cuenta de sucesos fantásticos con soltura e invita al lector a sumergirse en un relato matizado también por la musicalidad. “No, no, no. El Agua no va a caber. Más grande tiene que ser”, le canta la Luna al Sol mientras este va levantando un piso tras otro. Y es que dicen en Nigeria que una historia siempre queda mejor si se le suman ritmos, cantos y bailes.

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