Un día soleado: El gran amarillo que renueva la ciudad

Por Marcelo Guajardo, periodista y escritor

13 Mayo 2019

Un día soleado es un libro sencillo y luminoso que echa una mirada plácida sobre algunos lugares muy reconocibles de nuestra ciudad de Santiago. Simón es un perro vagabundo cuyo día se ve transformado con la aparición de Rafaela. El hurto inesperado del pequeño bolso de la niña, por parte de otro can, dará inicio a la aventura o más bien a una correría por el casco histórico de la capital.

Escrito en coplas que fluyen con claridad y aplomo, solo interrumpidas por dos preciosas cuecas que aparecen en la mitad y al final del relato, el libro acierta en términos estéticos con un gran amarillo que le recorre de punta a cabo y que comanda toda la publicación. Este color encierra varios simbolismos significativos: el día que se abre con sus colores y esperanzas; la ciudad siempre gris se nos aparece aquí apacible y brillante, y finalmente, el gran ensamble del color con el canto a lo poeta de Rafael Rubio y el alegre trazo de acuarela de Gabriela Lyon.

El libro es en sí mismo una invitación nostálgica. Da la sensación que por un momento Santiago se convirtiera en un pequeño y tranquilo pueblo rural de principios del siglo XX. Esta decisión y su resultado material es precisamente el centro del libro y de su propuesta. Es posible, si miras como una niña que abre los ojos a un día soleado, que la ciudad se transforme en un pequeño mundo de hace cien años. Un lugar en donde estarán los mismos edificios y monumentos que han estado allí desde siempre; también sus nuevos y brillantes edificios de espejos. Pero, además, conviviendo con la modernidad, los cantores populares y su literatura de cordel, el comercio ambulante buscando su lugar, el mercado y sus viandas; esa barriga desbordante de la gran ciudad, los recovecos y callejuelas de la chimba, los artistas callejeros, las irreductibles palomas; el subsuelo del río, ese surco, antes de cal y canto, ahora de trenzas metálicas y concreto, todo en cuadros móviles que se persiguen, como Simón y Rafaela al importuno ladrón canino.

El sol despierta de una vez y lo inunda todo. Así como ha despertado Simón de su cama de cartón en la ribera del río. El inefable quiltro de nuestro Santiago abre sus ojos al nuevo día regalado y comienza su deambular pergeñando pequeños alimentos y cariño pasajero.

El Santiago de Un día soleado es una ciudad nueva y antigua a la vez, toda bajo el filtro del tiempo, el canto y la acuarela, juntas como antaño.  Y seguramente, los mismos quiltros que siempre han deambulado por allí. Su amarillo es también su sepia y su retorno es su declaración: la ciudad y el sol que la alumbra puede ser un refugio para la sorpresa, la ternura, para la fragilidad de los colores, que se vuelven a ver como si nunca los hubiéramos visto.

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