Gabriela Lyon: la ilustradora perfecta

Por Iván Larraguibel, director de arte de Ekaré Sur

8 Noviembre 2019

"Creo que gran parte de lo que hoy puedo reproducir en mis ilustraciones es por ese tiempo que pasé de niña mirando, contemplando", dice Gabriela Lyon en esta entrevista, una conversación donde repasa sus inicios en el dibujo y la experiencia con cada uno de sus libros publicados por Ekaré Sur: Las aventuras de Hombre Pájaro, Pequeña historia de un desacuerdo y Un día soleado.

“Not many have style
Not many can keep style
I´ve seen dogs with more style than men
Although not many dogs have style cats have it with abundance”

Charles Bukowski

Si dejáramos de lado el estilo y otros parámetros inmensurables, e hiciéramos el ejercicio de definir al perfecto ilustrador dentro de la literatura infantil, podríamos señalar tres capacidades concretas mensurables que en pocas ocasiones reúne una sola persona: utilizar el dibujo analítico como herramienta fundamental de la narración gráfica; conocer íntimamente la mayor cantidad de técnicas y materiales asociados a ellas; y, entender la dimensión digital de la imagen, usarla a su favor sin miedo a la constante novedad a la que conlleva.

Son muy pocos los ilustradores que cultivan con rigor estas tres grandes capacidades o campos de acción. Es común que un ilustrador que usa la computadora para trabajar no haya dedicado largas horas a conocer las técnicas tradicionales. Asimismo sucede al contrario: quien haya encontrado horas para mezclar acrílicos y diluir diferentes tonos de acuarela, cojea cuando se trata de experimentar en una tableta o en descubrir las nuevas ventajas de la última versión de un programa. Pero si alguien sumara las dos anteriores, sería difícil que además hubiese podido dedicar tiempo suficiente al dibujo analítico como para poder usarlo como herramienta de conocimiento.

Al ver el trabajo de Gabriela Lyon como ilustradora, y su prolija y corta carrera en la literatura infantil, estas capacidades se proyectan en la retina. Su destreza con el dibujo es leonardezca, no hay escorzo, animal, arquitectura o paisaje que no pueda plasmar en su croquera. Todas las técnicas tradicionales son sus predilectas, en cada uno de sus libros ha desarrollado una diferente. Y, al desbloquear su ipad Pro encuentras unos buenos gigas de ilustraciones para disfrutar paso a paso, desde la hoja en blanco hasta la última línea. ¿Es posible tener todas estas capacidades con solo 30 años?

En su currículo, Gabriela es licenciada en Artes Visuales Mención Pintura por la Universidad Finis Terrae. Luego de titularse hizo dos posgrados: uno en ilustración y otro en diseño gráfico; este año termina su maestría en Prácticas Artísticas Contemporáneas. Su trabajo como artista ha sido exhibido en varias galerías de Santiago, de renombre y del subsuelo, en muestras individuales y colectivas. En la docencia, cumple ocho años trabajando como asistente en las clases de Dibujo de cuatro niveles en la propia Finis Terrae. Vale preguntar de nuevo: ¿cómo se consigue todo esto?

¿Recuerdas cuándo fue la primera vez que dibujaste o pintaste algo en un caballete?
No sé, el caballete formaba parte del mobiliario. Mi mamá tenía un taller donde pintaba. A mis hermanos y a mí nos decían que nos habían amamantado con trementina [risas]. Todos los olores de un taller de pintura son muy familiares para mí. Diferenciar la trementina del aguarrás, la acuarela del óleo, lo aprendí de muy pequeña.

¿Pero recuerdas algún dibujo en particular que hayas hecho de niña?
Pasé mucho tiempo viendo caballos en la casa de mi familia en Chiloé. Había papel y pinturas, témpera, acuarela, lápices que mi mamá llevaba para pintar sus cuadros. Con mis hermanos le robábamos algunos materiales y pintábamos. Recuerdo que me costó mucho entender que el caballo tiene las patas delanteras completamente diferentes a las traseras. Entrené varios meses antes de poder dibujarlo bien con sus proporciones correctas.

¿Y qué edad tenías?
Mmmm, como ocho, nueve.

¡Nueve años!
Sí, me costó un montón pero lo hice. Después me interesó la naturaleza, los campos y los árboles de Chiloé que son magníficos. No solo los dibujaba, tuve tiempo de poder observarlos, que es fundamental.

Pero a esa edad se hacen otras cosas, ¿no?
Puede ser, pero yo era un poco salvaje. No me comunicaba muy bien con las palabras, ni con los movimientos, era torpe y me gustaba vagar por el campo viendo el paisaje. Creo que gran parte de lo que hoy puedo reproducir en mis ilustraciones es por ese tiempo que pasé de niña mirando, contemplando.

Suena un poco solitario.
Para saber dibujar, como en todo supongo, tienes que haber pasado mucho tiempo sola. Observar requiere tiempo, y poder reproducir con líneas esa observación te exige aún más. Pero también el dibujo me sirvió para comunicarme, relacionarme: “Dile mejor a la Lele [así llaman a Gabriela su familia y amigos] que sabe dibujar; o llama a Lele para que dibuje algo en la tarjeta que vamos a regalar”, en realidad me llamaban para hacer cualquier cosa que requiriera habilidad manual: un disfraz, un sombrero, un letrero, y así iba haciendo amigos.

¿Y en la adolescencia?
Mucho manga: Ranma1/2, Sailor Moon, Rurouni Kenshin… parte del desarrollo de mi sexualidad fue a través del manga [risas]. Dibujábamos con unas amigas todo el tiempo que podíamos y competíamos para ver quién podía dibujar mejor. Eso significaba quién copiaba mejor a Saint Seiya. Yo nunca fui buena copiando un estilo en particular, irremediablemente me salía todo con el mío.

Entraste a estudiar artes visuales, ¿y qué pasó?
Ufff, me tocó aprender todo de nuevo. Tuve grandes profesores de dibujo y pintura. Valentina Cruz y Ernesto Banderas me cambiaron la vida, pero tuve que repensar y estructurar todo lo que, de una forma casi intuitiva, había desarrollado desde pequeña. En ese tiempo me empecé a dar cuenta de una dimensión del arte más académica. Estudié historia del arte, usé talleres de grabado y conocí muchos artistas con diferentes posturas. Valentina, por ejemplo, es una mujer excepcional, con ella aprendí a ver y entender, eso fue muy importante.

¿Y al salir de la universidad?
Hice muchas cosas porque pensaba que no sabía nada todavía. Hice un posgrado en diseño gráfico donde aprendí a usar los programas y entender su lógica. Luego hice otro de ilustración y fue en ese momento que pude estudiar el libro álbum, apreciar la dimensión narrativa que tiene, sus estrategias. Mucho se lo debo a Pablo Álvarez; justo en ese tiempo lo conocí y me mostró un montón de libros de la biblioteca donde trabajaba. Juntos aprendimos a reconocer buenos sellos editoriales: Nobrow, Zorro Rojo, Astiberri, Barbara Fiore, Ekaré, eran libros que nos impactaban mucho. Un par de años después con Pablo comenzaría mi primer libro.

¿Y cómo fue esa primera experiencia?
Ya como editor de Ekaré Sur, Pablo me llamó a ver si quería hacer una prueba para un proyecto un poco enredado. Se trataba de un libro de ópera para niños, Las Aventuras del Hombre Pájaro, que ya estaba avanzado, y contaba con unas ilustraciones de escenarios y personajes de las óperas. No sé por qué, pero para la primera prueba hice algo nada que ver. Supongo que mi idea de algo “para niños” estaba equivocada, ¿sabes?… fue un desastre.

Pero tuviste otra oportunidad…
Sí, Pablo se empecinó en que tenía que hacer otra prueba. Seguramente tuvo más confianza en mí que yo misma y me comprometió a hacerlo con más rigor, a pensarlo mejor. Ahí fue fundamental Verónica Uribe, que me mostró Vamos a cazar un oso. Yo no lo conocía y me dijo hazlo como tú creas que tiene que ser, como te sientas cómoda. Eso me marcó mucho, comencé a ver mi trabajo más claramente. Investigué al Papageno, vi diferentes diseños de vestuario, hice listas de detalles, escuché La Flauta Mágica con atención, revisé los textos del libreto… Luego de un par de semanas volví con varios dibujos y acuarelas y entré en el proyecto. Estaba súper contenta.

Le diste vida al personaje de Papageno, con un perro que lo sigue en su viaje.
Eso fue gracias a las clases de dibujo. Como asistente tenía cuatro días a la semana un modelo para dibujar, mientras corregía a los alumnos yo aprovechaba de dibujar y repasar la figura humana, sin ese entrenamiento no hubiera podido dibujar todas las posiciones del Papageno en el libro, todas son a cuerpo completo. El perro fue un aporte personal. En esos meses estuve pintando muchos cuadros de perros, fue un trabajo intenso que concluyó en mi muestra individual “Jauría”, en la galería Madhaus.
Impresionante esos acrílicos y óleos de Jauría: parece que los perros realmente están vivos, existen.

¿Y el segundo libro, “Pequeña historia de un desacuerdo”?
Eso fue a toda velocidad, creo que nunca voy a hacer otro libro tan rápido. Había un plazo de entrega muy estricto y fue una locura, sobre todo porque era un libro donde no hay un personaje principal, es una turba de alumnos, directivos, profesores, hasta el personal de aseo. Toda la comunidad estudiantil tenía que aparecer.

En realidad la araucaria y la grúa son los personajes principales.
Sí, disfruté mucho ilustrándolos. Son elementos tan disímiles que al componerlos en la página pensé que no iban a dialogar, pero no fue así, el contraste ayudó mucho. La parte más difícil de este proyecto fue dibujar un montón de adolescentes casi siempre de espaldas atendiendo al proceso de votación, ya sea porque lo estaban viendo o formando parte de él, y eso había que describirlo visualmente.

Sorprende cómo cada personaje tiene un carácter sin ser absolutamente estereotipado.
Imaginé la historia de cada uno. Pasé horas mientras hacía bosquejos pensando en lo que hablaban y cómo eran, el carácter que tenían o cómo querían ser. Quién había sido pololo de quién, esas cosas. Tal vez eso ayudó a definirlos en su figura, en sus gestos, en los pequeños detalles. Menos mal que decidimos poner el color en digital, si no, no hubiéramos terminado.

Para tu tercer libro, “Un día soleado”, comenzaste con una técnica y terminaste con otra…
Al principio solo estaba la idea de hacer una historia con quiltros, y yo feliz, había entrenado tanto pintado y dibujando perros para Jauría que sabía que podía hacerlos en cualquier posición. Entonces empezamos sin que hubiera un texto definido, solo tus bosquejos de la historia en imágenes ya distribuidos en las dobles páginas, como una suerte de guión.

Hiciste unas diez ilustraciones, recuerdo.
Sí, casi la mitad del libro. Pero luego cambió la historia y el título: Un día soleado. La técnica que habíamos escogido era lápiz Pitt sobre cartón piedra, fondeado de un gris neutro donde con solo blanco y negro sacaba las luces y las sombras. Las imágenes quedaron muy bien, pero en lugar de un día soleado, era un día nublado [risas].

La técnica la sugerí yo.
Exacto, a mí también me pareció que era correcta. Es que todo cambió cuando Rafael Rubio escribió las coplas y las cuecas que cuentan la historia. Es un genio de la palabra. Usa las coplas como si fueran líneas que narran… y tiene tantos tipos de líneas, hace el ritmo que quieras. Un poeta de verdad.

Entonces decidiste cambiar de técnica.
Me puse el reto de hacerlo en acuarela a la manera tradicional, sin parches digitales. Era un reto. Uno de los temas que más me cuesta dibujar es la arquitectura y, bueno, el libro es un paseo por el centro de Santiago. Sudé mucho haciendo el Museo de Bellas Artes. En todo caso, agradezco que ustedes hayan tenido la valentía de dejarme hacerlo como quería. Requirió tiempo.

Sí, lo hiciste súper rápido.
Lo hice lo más rápido que pude, pero hubiera sido más rápido y seguro hacerlo en digital, aunque claro, es otra cosa. En la acuarela no te puedes equivocar. Tienes un grado de error, pero casi siempre tienes que acertar.

¿Cómo llevas tus nuevos proyectos?
El año que viene termino un nuevo libro con ustedes. Estoy trabajando en acrílico, la idea es hacer un gran paisaje que sea el protagonista…

Mejor vamos a dejarlo hasta aquí… Es verdad, no podemos divulgar el proyecto antes de que publiquemos. Está en el contrato [risas].

En el portafolio que Gabriela llevó este año a su primera Feria de Bolonia están muchos originales de su trabajo. Las acuarelas, los óleos y acrílicos deslumbran, así como la habilidad del dibujo que los soporta. Pero algo estructura todo su trabajo, por encima de sus habilidades: empieza aparecer una forma, una manera, un canal de expresión propio que traspasa las diferentes técnicas que usa y que promete de manera continuada desarrollarse para ser un verdadero estilo.

Es probable que existan más gatos que perros con estilo, los de Gabriela son quiltros que deambulan y se ganan la vida todos los días. Son perros con más posibilidades de tener estilo que los hombres. Tal vez una forma de aprender sobre algo tan inaprensible como es el estilo, sea poder retratarlo con la pintura o las palabras.

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