Entrevista a Scarlet Narciso: La obsesión y la calma

Por Iván Larraguibel, director de arte de Ekaré Sur

23 Mayo 2019

Si Scarlet Narciso tuviera que actuar en la escena final de “Gone with the wind”, no se hubiera ido llorando. Por el contrario, al orgulloso “I don’t give a damm”, hubiera replicado, luego de una elegante pausa, “Well, I do”. Así mismo cuando le preguntan por qué se esmera tanto en cada pincelada, en cada detalle de sus imágenes, repite: “Yo sé que nadie se da cuenta, pero yo sí, y a mí sí me importa”. Esa actitud no solo se ve plasmada en sus minuciosas ilustraciones. Indagando un poco a lo largo de su vida, esa obsesión se ha convertido en un método para cultivarse.

A finales de los ochenta, con veinte años, Scarlet vuelve a Venezuela luego de haber vivido parte de la niñez y toda su adolescencia en Miami. Deja la casa de su madre y sus hermanos para ir a vivir sola en Caracas. Quiere estudiar diseño gráfico y así lo hace, es admitida en el IDD, Instituto de Diseño, y cuatro años después se gradúa con tres menciones: dibujo, fotografía y diseño.

Al poco tiempo de graduarse trabaja como diseñadora gráfica para muchos medios desde su propia empresa, que funda acompañada de algunos amigos. A pesar de las intensas horas de trabajo, consigue tiempo para asistir a los más variados cursos. Con absoluta seriedad construye un currículo de una carrera que solo ella puede discernir. Las horas de la semana se encajan en un tetrix estricto donde convive el curso de alemán intensivo, de papel hecho a mano, cerámica, fotografía de gran formato y baile de salón. De todos estos cursos, que siempre tomó en largos períodos de tiempo, hubo uno que destacaba sobre el resto, no solo por la dedicación y empeño físico que requería, si no por la lejanía que tenía con el perfil de Scarlet: una persona habituada más a interiores, que a exteriores. Este curso era el de buceo de la UCV. Más que un curso era casi una carrera. Para llegar a usar los tanques de oxígeno, había que entrenar y rendir exámenes, físicos y teóricos, en las piscinas universitarias y en el mar, durante 2 semestres. Scarlet aprobó todos los niveles y obtuvo su carné CMAS de buzo internacional. “El buceo es mi deporte porque todo bajo el agua tiene que ser calmo”.

Ya terminando el milenio, Scarlet decide mudarse a São Paulo. Allí se casa con Greg y tienen a Matías. Su vida familiar la combina con el empeño de aprender: entre la dificultad del idioma y la endiablada ciudad, consigue entrar a un curso de cerámica y se hace habitué del taller. Toma otro de serigrafía y uno más de encuadernación de libros. En la pequeña habitación que usa como estudio se desbordan los papeles, los bastidores de serigrafía y los libros encuadernados a mano forrados con texturas coloridas, patrones orgánicos, todos consecuentes entre sí y de una diversidad extraordinaria. Justo cuando la complicada vida paulista empieza a asentarse, deciden mudarse a Berkeley, California.

Dentro de la universidad, mientras Greg estudia una maestría, Scarlet se enlista en R.A. (Resident Advisory), la organización encargada de recibir a los nuevos estudiantes y profesores. En las oficinas empieza a atender algunas necesidades gráficas: flyers, pequeños afiches, señalética básica de lugares y eventos. Todo producido en una impresora láser blanco y negro. Con la misma obsesividad con la que aprendió alemán o hacer apneas de 3 minutos, se vuelca a diseñar todo el material gráfico de la organización y para ello decide hacer unos dibujitos de unos personajes en acción muy simples, de líneas gruesas y gran expresión. A los pocos días de implementar la nueva imagen, Scarlet aparece una mañana por las oficinas de la organización y la directora la invita a su oficina. Le dice que ha llamado una persona para preguntar quién había hecho las “ilustraciones” porque le parecían muy evocativas y quería conocer a la ilustradora. “Por un momento no entendí a qué se refería con las ilustraciones ni tampoco a quién quería conocer. Yo había hecho toda la imagen desde una perspectiva del diseño gráfico. Las ilustraciones eran, claro, parte fundamental, pero era como si yo hubiera contratado a una ilustradora. Nunca me vi como tal… En esos mismos meses me llamaron de Ekaré Sur para hacer la Tortilla Corredora”.

¿Cómo llegaste a la idea visual de la Tortilla?

Si no me equivoco empecé a buscar referencias y encontré un cuento escandinavo de una panqueca que se escapa de unos animales que se la querían comer. Era solo la panqueca con ojos y boca, era al menos redonda y se acercaba a lo que podría ser una tortilla al rescoldo. Seguí investigando y apareció otra panqueca que tenía piernas, tan solo las piernas, nada de brazos. Eso me cautivó, en realidad solo se necesitan piernas para correr.

El otro desafío fue el rostro. Y se reducía a los ojos y la boca porque pensé que la tortillita era muy plana para tener nariz. El reto era poder hacer diferentes expresiones de susto, la Tortilla pasa corriendo casi todo el cuento asustada porque se la quieren comer, entonces había que darles riqueza a todas esas expresiones y que no fueran la misma. Ahí me di cuenta de que los ojos eran todo, a través de ellos se mostraban las emociones de la Tortilla.

¿Y los siete niños, qué te inspiró?

De entrada, ya era difícil hacer los siete hermanos y la madre. Ocho personajes que iban a aparecer a lo largo del libro me daban vértigo. Creo que maldije esa frase del texto mucho, por qué tienen que ser siete hermanos, no pueden ser cuatro o cinco. Lo primero que hice fue la madre con el bebé. Luego me inspiré en Matías que en ese tiempo usaba una capa de superhéroe todo el tiempo. Después hice la hermana mayor y me inspiré en la hija de una amiga brasileña de Berkeley que en ese tiempo tenía unos 13 años y era un poco melancólica. También me di cuenta de que además de la ropa y el tamaño, podían identificarse por alguna cosa que tuvieran en la mano, y ahí vino la idea de la ramita para uno, el tenedor para otro.

¿Qué materiales y técnicas utilizaste?

Creo que naturalmente escogí el guache. Quería una imagen pastosa, opaca, que se vieran las pinceladas, casi con relieve. No quería las transparencias típicas de la acuarela. Probé con acrílico y funcionaba bien, pero no podía afectar las manchas una vez que se secaba. El guache te brinda ese margen de error y con tantas inseguridades al principio, por ser el primer libro, lo preferí. Además, me gusta más el olor del guache.

En esta secuela de la Tortilla Corredora, ¿qué hay de nuevo, técnica y narrativamente, tanto para el personaje como para la historia visual?

Bueno, lo primero fue que ya tenía claro el personaje y la técnica, además de estar más segura al hacerlo. Pero en esta historia tenía que desarrollar mucho más las expresiones de la protagonista, había más cosas que contar: la Tortilla hace un amigo, canta, juega, no solo pasa escapando asustada. De hecho, para la última edición de La Tortilla Corredora ajusté algunos de los rostros a raíz de los avances que había hecho en la secuela.

La historia visual es también más compleja. En el primer libro, la Tortilla corre por el campo del sur de Chile, el escenario siempre es el mismo y el punto de vista casi no cambia: mantuve un plano lateral para enfatizar el recorrido, la fuga. En esta segunda parte, la Tortilla pasea por muchos lugares: una ciudad, la selva, la playa y hasta la hice en la Antártida saludando a unos pingüinos. No solo eso, esta historia pasa por el mar, sube a la cordillera y luego baja al campo. El punto de vista cambia, puede ser desde abajo, desde arriba, en relación con el desarrollo de la historia. De hecho, hice una ilustración donde hay varios puntos de vista que me gusta mucho, es una donde el Teniente Bello y Tortilla hacen acrobacias.

¿Qué es lo que te gusta de hacer tantos detalles en tus ilustraciones?

Quiero que el lector se detenga. Ilustrar es hacer un mundo tan rico como es el mundo que podemos llamar real, el mundo que vemos. Si te detienes a observar un paisaje como un simple campo verás infinita información, además todo se mueve y los colores cambian con la luz del día. Esa complejidad es lo que trato de reproducir.

Después de dejar Berkeley, Scarlet se mudó con su familia a Washington, luego a Lima y ahora viven en Budapest. En esas idas y venidas ha publicado con Ediciones Ekaré Sur cinco libros: La Tortilla Corredora, Aventuras en el aire de la Tortilla Corredora, Aquí veo, Ven a ver arte chileno y Tren de Lectura (antología). Al observar en conjunto sus ilustraciones se revela la singularidad de sus imágenes, es evidente su marcado estilo, su manera de hacer, de ver, una ilusión perfecta. Y tal vez esa ilusión se produce porque Scarlet sabe y conoce muchas cosas del mundo. Cuando dibuja un jarrón sabe qué pátina tiene y a cuántos grados fue horneado. Si quiere que una pareja baile pasodoble, sabe cómo se toman las manos, cuáles son los pasos. Si es una almeja, sabe cómo brillan sus colores bajo el agua. El mundo que ilustra es uno donde quieres ir a pasear, respirar, porque más allá de ser atractivo y rico se entiende, hay un orden, una sintaxis, leyes físicas.

En el proceso de Aventuras en el aire de la Tortilla Corredora le sugerí erradamente a Scarlet que le hiciera algún tipo de trazo que evidenciara que la hélice del avión del Teniente Bello se movía, ella, con su calma característica, contestó: “No, está mejor así. Este avión lo hicieron en la misma fábrica que el helicóptero de la Tortilla, las hélices no se mueven”.

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