El libro álbum: un apretado resumen, por Verónica Uribe

25 Julio, 2017 Published by

Preparé esta charla informal para las bibliotecarias de Puente Alto hace un tiempo atrás. Tal vez sea interesante todavía para lectores que comienzan a indagar en este asunto que suscita curiosidad, pasiones y fieles seguidores.

El libro álbum es uno de los grandes temas actuales de la literatura infantil. Su importancia ha sido reconocida desde mediados del siglo XX, pero continúa convocando la atención de los interesados en los libros y los niños, en los académicos, los bibliotecarios y los docentes. El libro álbum es atractivo, emocionante, se salta las barreras de la edad, utiliza al máximo todas las posibilidades que ofrece el medio impreso y, cuando está bien logrado, es una verdadera obra de arte.

Se ha dicho que el gran aporte de la literatura infantil a la literatura en general es la concepción y desarrollo de este particular tipo de libros, el que combina de múltiples maneras, dos lenguajes: el de la palabra y el de las imágenes. Pero el libro álbum no surgió de un momento a otro ni es una moda pasajera; fue el reiterado uso de imágenes y palabras en los libros para niños, a lo largo de los siglos, que derivó en un ejercicio cada vez más consciente de las posibilidades de estos dos lenguajes para contar historias de manera conjunta.

Primero, se trató solamente de incluir imágenes en los libros de texto para niños. El gran descubrimiento de Johann Amos Comenius y su famoso Orbis Sensualim Pictus fue poner imágenes en lo que solían ser aburridos textos de “pura letra”. Así, el pedagogo Comenius descubrió que los niños se encantaban con las imágenes y aprendían más fácilmente. Visto el buen resultado, desde el siglo XVII hasta hoy, los libros de texto suelen incluir imágenes que contribuyen a la comprensión del texto. Así, la función de las imágenes se entendió como un apoyo a la lectura, una forma de contribuir a la enseñanza.

Durante casi dos siglos, los libros para niños continuaron teniendo este aspecto, ilustraciones en una sola tinta, ilustradores anónimos, el texto separado de las imágenes, como es el caso de Food for the Mind  (Alimento para las mentes) publicado por el editor inglés John Newbery en 1758.

Más adelante, hacia mediados del siglo XIX, cuando las técnicas de impresión se desarrollaron y las reproducciones eran cada vez más perfectas, e incluso se podía utilizar color, algunos editores en Inglaterra y Francia, les pidieron a artistas reconocidos que ilustraran libros destinados a los niños. Intuyeron que existía un mercado para los libros de entretención en una burguesía que comenzaba a interesarse en la educación de sus hijos y su iniciación literaria. Así, el editor Edmund Evans publicó en Londres hermosos libros para niños que tuvieron un éxito inusitado con tiradas de hasta 150.000 ejemplares. Evans sostenía que se podían hacer hermosos libros que fueran también baratos. Utilizó textos provenientes de la tradición oral, canciones, versos populares, y dedicó un gran espacio a la ilustración. Algunos investigadores sostienen que estos fueron los primeros libros álbum, esos en los que Randolph Caldecott, Walter Crane y Kate Greenaway desplegaron su talento.

Pero se entendió la imagen principalmente como una contribución estética a los libros. Ya que los adelantos en las técnicas de imprenta lo permitían, ¿por qué no hacer bonitos libros?

Fue Maurice Sendak en los años 60 del siglo pasado quien irrumpió en la historia del libro álbum con su famoso Donde viven los monstruos. Fue un libro rupturista, prohibido en algunas bibliotecas porque este niño insolente y respondón le dice a su madre “¡Te voy a comer!” después de que ella lo ha llamado: “Monstruo”. Comienza desde entonces una reflexión de los editores, los ilustradores y los autores acerca de las posibilidades de este género, tanto en los aspectos gráficos, como en las temáticas que abordan.

Ya no se concibe la imagen como un apoyo didáctico o un adorno en los libros, sino como un lenguaje, tan importante como el de las palabras.

¿Cómo abordar la lectura de un libro ilustrado?

Comencemos por las imágenes.

La ilustración, esta especie de invitado de piedra al mundo del libro para niños, comenzó a llenar páginas, portadas, guardas. Y los especialistas comenzaron, en primer lugar, a analizar las imágenes que invadían el espacio que había estado dedicado tradicionalmente a la palabra.

Recurrieron a los elementos básicos de la creación artística: línea, color, composición.

Y nosotros podemos hacer lo mismo. Así, al observar las ilustraciones de un libro podemos ver, por ejemplo, que el ilustrador ha elegido el dibujo como técnica y utilizado la línea para definir los contornos de las figuras y para darles volumen con luces y sombras.


Ilustración de Monika Doppert para Margarita, de Rubén Darío.

O bien, en otro libro percibimos una aproximación pictórica donde las figuras se han construido a partir del contraste de los colores. Algunos libros muestran una paleta de colores fuertes y vibrantes y otros se inclinan por suaves combinaciones. En muchos libros para niños hay profusión de colores, pero en unos pocos la paleta se restringe a dos o tres.


Siete ratones ciegos, de Ed Young.

Podemos fijar nuestra atención en la ubicación de los personajes y los elementos principales en la página: al centro, en una composición equilibrada; en un costado, o en diagonal creando una sensación de movimiento e inestabilidad.

Pero además de estas categorías básicas para acercarnos a cualquier obra de arte, algunos especialistas acuden al lenguaje cinematográfico para describir las imágenes en los libros álbum. Así, hay imágenes que pueden ser planos generales en los que vemos a los personajes rodeados de su entorno, o planos medios en que nos acercamos a los personajes, o primeros planos en los que vemos sólo el rostro. Y también primerísimos primeros planos en los que vemos tan solo un detalle. También se habla de picados y contrapicados, dependiendo del punto de vista del que se crea la ilustración: de arriba hacia abajo o de abajo hacia arriba.


Ilustraciones de Yvan Pommaux para Célebres casos del detective John Chatterton.

Veamos ahora cómo se relacionan imágenes y palabras en los libros ilustrados:

La especialista Cecilia Silva Díaz dice que en general se considera que las palabras son las encargadas de contarnos una historia y las imágenes de describirnos los escenarios y los personajes, parecido a lo que sucede en el montaje de una obra de teatro. Así, la tarea del autor es proveer el libreto y la del ilustrador puede compararse con la del director, que con el libreto en mano debe contratar unos actores, crear una escenografía, definir un punto de vista y una atmósfera.

Los escenarios pueden ser desarrollados con gran detalle, o bien apenas esbozados. Y los personajes pueden ser más o menos convincentes. Crear personajes memorables es una tarea compleja, pero algunos autores-ilustradores lo logran de manera extraordinaria. Tenemos, por ejemplo, al encantador Sapo de Max Velthuijs, al tímido Willy de Anthony Browne o a la vital Olivia de Ian  Falconer.

Se dice que el lenguaje de la palabra es temporal, discurre en el tiempo, y el lenguaje de las imágenes es espacial, se detiene en un momento, para mostrarnos un escenario o para detallarnos un personaje. Sin embargo, Silva Díaz afirma que justamente los libros álbum rompen esta regla y las imágenes en ellos adquieren también una función narrativa, también nos cuentan la historia.

Veamos algunos ejemplos:

En un libro ilustrado tradicional, la imagen sigue de cerca al texto y muchas veces repite exactamente lo que dicen las palabras. Pero en el álbum la ilustración va más allá.

Con un texto que le deje libertad, puede precisar o anclar el significado de la historia, como sucede, por ejemplo, en Hilderita y Maximilano. Este encantador libro de Fernando Krahn, nos cuenta que dos chinitas se encontraron y se gustaron mucho. “Jugaban juntas” dice una página, nada más. Y la imagen nos muestra a las dos chinitas subidas en las manecillas de un reloj despertador jugando un particular “pillarse”. La siguiente página nos dice solamente “Viajaban juntas”  y la ilustración nos muestra exactamente cómo lo hacían: ¡aferradas a la cola de un perro! Así, frente a un texto que no precisa la forma de la acción, la imagen lo hace. En el caso de este libro, recurriendo al humor.

Las ilustraciones pueden sostener la narración, como sucede en Buenas noches, Gorila de Peggy Rathmann. Las únicas palabras del libro son “Buenas noches, gorila”, “Buenas noches, jirafa” y así, a medida que el cuidador del zoológico se va despidiendo de cada animal. Son las ilustraciones las que nos narran varias historias que suceden al unísono: cómo el gorila abre las rejas y se escapan los animales del zoológico, cómo un globo se pasea por el cielo nocturno, cómo un pequeño ratón sigue la acción.


Buenas noches, Gorila, de Peggy Rathmann.

Las ilustraciones pueden contar una historia diferente a la de las palabras, como en La sorpresa de Nandi de Eileen Browne. Incluso puede ser irónica, contradiciendo las palabras y creando una escena humorística como lo hace Fernando Krahn en La familia Numerozzi.


La familia Numerozzi, de Fernando Krahn.

O pueden hacer referencia a otras imágenes o libros –lo que se denomina intertextualidad– a la que recurre con frecuencia Anthony Browne cuyas ilustraciones nos recuerdan obras de René Magritte, Henri Rousseau  y Botticelli, películas como King Kong, o personajes de historietas como Superman.

Ya en este siglo XXI, la academia ha derivado en otros estudios más complejos: por ejemplo, cómo se refleja la sociedad en los libros ilustrados. Y Teresa Colomer dice que cada vez más los álbumes representan escenarios urbanos y menos entornos rurales; que cada vez con mayor frecuencia aparecen familias pequeñas, niños solos.

Cecilia Silva Díaz ha investigado acerca de la metaficción en los libros álbum, es decir, esos álbumes que explicitan el medio a través del cual se crea la ficción, como el caso de Los tres cerditos de David Wiesner en que unos cerdos de un libro antiguo se escapan a “la realidad”, y miran interrogando al lector.

¿Cómo se lee un libro álbum?

Muchas personas –adultos, especialmente- confían en la palabra, quieren descifrar la historia a partir esencialmente de este lenguaje. Los niños, en particular los que no saben leer, buscan significación en las imágenes, se entretienen mirando detalles, descifrando expresiones. Pero como ya hace muchos años que los libros ilustrados forman parte de la vida cultural de muchas personas, la forma de leerlos habitualmente es en un ir y venir entre las palabras y las imágenes. Así, el ritmo de la lectura de un álbum es diferente al ritmo de la lectura de un texto sin ilustraciones. En estos la palabra nos impulsa hacia adelante, casi no nos damos cuenta del paso de las páginas. En cambio, el libro álbum nos obliga a detenernos para contemplar las imágenes. Nos demoramos en pasar la página. La unidad del libro álbum es la doble página. Y así, leemos, de doble página en doble página, acompasando un ritmo diferente de lectura.


León de biblioteca, de Michelle Knudsen, ilustrado por Kevin Hawkes.

Terminemos esta breve introducción al tema del libro álbum citando a Jane Doonan: La idea de un libro-álbum es que todos los elementos del libro se pongan en juego al servicio de la historia. El texto y la ilustración, pero también el formato, el fondo de la página, la disposición de los elementos en ella, la tipografía, etc. Por eso se dice que “en el álbum, todo cuenta”.