FIL 2016: Apuntes de una feria inabarcable

19 Diciembre, 2016 Published by

Por Pablo Álvarez, editor de Ediciones Ekaré Sur.

Ha pasado un tiempo del término de la FIL Guadalajara 2016. Para mí la primera, para México la número 30. Llegaba con altas expectativas de la Feria del libro más grande de Iberoamérica. Que es la más diversa, la de mayor convocatoria, que un mar de personas cruza sus pasillos a diario, que todo el mundo pone sus ojos en ella, que es la hermana tercermundista de la Feria de Frankfurt, que las editoriales compiten por hacer las fiestas más entretenidas. Que no iba a alcanzar a recorrerla completa.

Tuve que hacer un ejercicio nemotécnico para recordar dónde se encuentran algunos pasillos de la Feria y no sucumbir en el intento diario de encontrar lo que busco (¿y qué es lo que se busca en la inmensidad?). Lo primero, entonces, es aprenderse algunos puntos de referencia: las editoriales grandes sirven para eso, son una especie de faro en el abismante puzzle, que no brilla por la calidad de sus libros o best sellers, sino por el reflejo de sus portadas estridentes, luminosas, únicos gestos de una industria editorial más interesada en vender miles de ejemplares más de lo que ya vende, que de proponer algo interesante. Con esos faros podía llegar a los stands más interesantes; ubicarme en el mapa de una feria inagotable.

El carácter de la FIL

Las ferias son para ver mucho. Enterarse de lo nuevo y lo que están produciendo cientos de editoriales. También es una vitrina y una feria de trabajo. Los primeros días, de intensas jornadas profesionales, recibe a editores, agentes, autores, bibliotecarios y libreros de distintas partes del mundo. En la feria se puede respirar y es posible caminar sin chocar con nadie por los pasillos extensos. Incluso, por el aire acondicionado, puedes pasar frío. El caos es cuando abren las puertas al público general, y llegan hordas de hombres, mujeres, ancianos en carros eléctricos, infantes con o sin tutores y, por supuesto, los bulliciosos y nunca bien considerados escolares en feria. El terror de todo librero o encargado de stand, que deben tener mucha paciencia y amor propio. Pero es de pronto ahí, en esos niños que desde temprano se comunican con los libros, donde reside parte importante de la experiencia formadora de la FIL. ¿Cuál es el destino de una Feria sin público? ¿Cuál sería ese destino sin futuro público?

La FIL no es sólo una feria del libro, es también, como corresponde a los tiempos, un espacio de ampliación cultural, donde el libro cumple un rol protagónico, pero no es el único invitado a la fiesta. Me imaginé uno de esos festejos donde el invitado de honor es un viejo decadente, gris y mustio, con una gran capa de polvo, y todo a su alrededor es más cool y ondero que él. O como Gary, el protagonista de Un lugar equivocado, la novela gráfica de Brecht Evens, un tipo gris que vive toda su vida a la sombra de Robbie, su alter ego y alma de todas las fiestas.

Me habría gustado escuchar a Leonardo Padura, pero horas antes confirmó que no se presentaría; deseaba evitar cualquier pregunta respecto a la muerte de Fidel Castro. En cambio, Mario Vargas Llosa no tuvo problemas en ser el alma de la fiesta, como lo viene siendo desde que se ganó el Nobel, tanto en periódicos oficiales como en revistas de farándula.

Pero el verdadero carácter de la FIL está en su oferta, en su diversidad y en su capacidad para funcionar como puente entre las editoriales de Iberoamérica y otras latitudes del mundo. No, no es la hermana latina de Frankfurt, es la FIL Guadalajara, con sus fiestas, sus pasillos interminables, sus stands, sus tacos con chile. Y ahí, en esos pasillos, te encuentras con pequeñas maravillas: Tecolote, Petra, Kalandraka, Babel y Ekaré concentrados en una misma esquina. Más allá, Sexto Piso, con un stand enorme y toda su fina distribución, al lado de Almadía, editorial en tremendo ascenso que presenta un catálogo de lujo; al frente El Ilustradero y toda la genialidad de jóvenes ilustradores mexicanos; y en el pabellón internacional el ya conocido pasillo JJ, con sus pequeñas y brillantes joyas: Zorro Rojo, Tragaluz, Iamiqué, Pequeño Editor, Amanuta, por nombrar sólo algunos.

Los chilenos en la FIL 2016

Viajé junto a una delegación de chilenos que iba a la FIL financiados por ProChile, algunos, y El Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, otros. Ambas instituciones han estado interesados en potenciar la presencia de los agentes culturales chilenos en el extranjero, sobre todo en ferias internacionales de renombre: Frankfurt, Bolonia, Bogotá, Lima, Buenos Aires y, por supuesto, Guadalajara. El trabajo ha sido exhaustivo y los recursos generosos.

La delegación estaba compuesta por editores, escritores, ilustradores, agentes y representantes de ambas instituciones. Los chilenos, que éramos tantos, ayudamos a inundar pasillos, pero éramos sólo una muestra insignificante entre el mar de personas.

Interesante es el papel que juega Chile en la Feria. La delegación se mostró muy activa en diversas actividades de la FIL. Y, sobre todo, en la importante dotación de escritores que asistieron y dieron charlas: Camila Gutiérrez, Rafael Gumucio, Alberto Fuguet, Francisco Ovando. Y los numerosos ilustradores que participaron del programa Filustra: Daniel Blanco, Fito Holloway, Sol Undurraga, con destacadas participaciones.

La parte de Filustra 2016

Fui a las charlas y mesas de Filustra 2016 –la sección dedicada a la ilustración especialmente en Iberoamérica y con invitados de otras partes del mundo– con la ilusión de escuchar interesantes reflexiones en torno a la ilustración y el oficio de quienes la ejercen. Pero lo primero es más bien una pregunta: ¿Cuán beneficioso es ir a escuchar a ilustradores hablar? Si bien ellos trabajan traduciendo las palabras escritas a imágenes, su principal vehículo de comunicación es lo estrictamente visual. Sin embargo, ¿podemos limitarlos a expresarse sólo con imágenes y negarles la posibilidad de elaborar un discurso que contenga, principalmente, palabras? ¿Podemos permitir que, en un ejercicio inverso al que habitualmente realizan, comuniquen verbalmente lo que usualmente hacen con ilustraciones? Quizás no todos.

Es interesante escuchar a quienes se expresan con imágenes, cómo es que expresan, a la vez, una imagen de sí mismos. Algunos, con más o menos gracia, parecen hacer una suerte de recorrido biográfico de sus experiencias formativas y un ligero repaso por sus mundos creativos. Estas exposiciones van acompañadas de fotografías o reproducciones de sus trabajos. El repaso anecdótico, estas pinceladas o retazos de momentos cruciales de sus carreras, parece ser el único discurso o espacio de reflexión que algunos ilustradores tienen. No me parece en absoluto desdeñable la pregunta por el yo que parece estar dominando varias de las disciplinas artísticas, sin embargo, cuando más que una reflexión la cosa se convierte en un desnudarse en público sin ninguna intención más que reforzar el ego, el discurso se vuelve improcedente.

Este año el invitado de honor a Filustra fue Benjamin Lacombe. Ya tiene suficiente barra como para hacerle más. Una de las mesas más curiosas a la que pude asistir fue “¿El género del ilustrador influye en la industria?”. Mesa odiosa, sin duda, por el tema propuesto. Cómo podemos hablar de género si en esta mesa sólo hay mujeres, se preguntaban las propias expositoras. Sin embargo, las ponentes dieron un eficaz y astuto giro, un refresco a la discusión, al abrir el diálogo más allá del órgano sexual que podría influir en los procesos creativos de cada quien.

Ana Palmero abrió la mesa mostrando parte de su trabajo, donde resaltaba su producción como diseñadora, independiente a su sexo; la formación en Venezuela y los maestros (hombres, a su pesar, dijo en tono de broma) que tuvo en su camino. Por su parte, con destacado profesionalismo, Sonia Pulido elaboró una secuencia de definiciones que puso en relación con su tremendo trabajo, reafirmando su carácter humorístico y, sobre todo, de sutil ironía que la caracteriza, a la vez que dejaba entrever la faceta más política de su producción. La investigación en Colombia, la sensibilidad y empatía con la violencia política y armada que existe en ese país, le hizo desarrollar uno de sus trabajos más sensibles y expresivos al mismo tiempo que crudo de su repertorio: La madeja. La experiencia de lo real violento como eje articulador de un trabajo doloroso, es una manera de aproximarse a los terrenos de la ilustración política, que no es de denuncia ni documental, sino que es, con maestría, una formulación del más alto rigor expresivo, poético y emparentado con lo real. La elección cromática, primaria, para un tema primario, o primitivo, es fundamental, al mismo tiempo que funciona como símbolo de una nación en guerra interna.

Lo de Sol Undurraga estuvo notable y fue, probablemente, lo más fiel al trabajo del ilustrador: a través de un relato visual se hizo cargo del molesto tema, intentando establecer que las únicas diferencias entre hombres y mujeres son sus órganos sexuales. El relato que elaboró, con gran dominio del humor, entendía los roles como un juego de disfraces que cubrían las anatomías de cada uno, para dejar en claro que el género, finalmente, no es determinante a la hora de ilustrar, producir. En ese mismo sentido, Sol reflexiona sobre su papel en el mercado y el mundo de la ilustración: “Mi trabajo no representa a una mujer; incluso puede ser muy masculino”, indica a la vez que muestra una imagen sugerente. Luego, casi al finalizar, se pregunta de manera implícita sobre la inclusión de estos temas en la ilustración.

La mesa fue de mucho interés, sobre todo por los alcances que tuvo y el nivel de reflexión que transmitió a los espectadores. La intervención de Idalia Candelas, conocida por las tiras que agrupó bajo el nombre de A solas, fue uno de los momentos álgidos de la mesa, no por la calidad de la obra (que es cuestionable) o la popularidad de esta misma, sino por el discurso que se encontraba detrás: a contracorriente, si se quiere, pero sólo en la mesa en cuestión y en el contexto en el que se encontraba. El trabajo de Idalia se encontraba en las antípodas del resto de las presentadoras; con un dibujo cercano al cómic y el manga (fuentes que no pudo reconocer cuando fue preguntada por sus referentes), y con una sensualidad de modelos de revistas, delgadas, blancas, de amplios pechos y anchas caderas. Su presentación generó una intensa discusión entre el público y las expositoras, que dejó a los oyentes con una sensación agradable de lo planteado. Hay quienes siguen los cursos del mercado, mientras otros, más críticos, proponen una vuelta a los discursos oficiales.

Así siguieron las mesas con aciertos y desaciertos. Con exposiciones autobiográficas y otras con interesantes reflexiones. André da Loba expone la importancia del trabajo duro; Marcos Guardiola y su plástico cuaderno de viajes, donde saca lo mejor de su pintura; el decálogo de nueve principios de Claudia Rueda; las dobles funciones de editores-autores de Daniel Blanco, Abril Castillo y Diego Bianchi, quien expuso una interesante inserción dentro del mercado editorial, sin perder el sello de autor que caracteriza a Pequeño Editor.

Diego Bianki, Daniel Blanco, Abril Castillo y Rubén Padilla.

La parte extraordinaria de Filustra 2016

El cierre de la esta última versión de uno de los más destacados encuentros de ilustradores en habla hispana estuvo notable. Me atrevería a decir que, por lejos, lo mejor de Filustra en su sección dirigida al público general. Expusieron Santiago Carusso, Claudio Romo y Fito Holloway, en una mesa moderada por Fernando García, director de Libros del Zorro Rojo, y que llevaba por nombre “La creación de seres y escenarios extraordinarios”. Lo que parecía una conversación de bestiarios se fue transformando, poco a poco, en una charla magistral sobre el oficio del ilustrador, sus alcances políticos y dónde se juega su postura ética y, por supuesto, estética.

Los monstruos de Claudio Romo fueron mutando en bellas ideas sobre la alteridad; para él, lo monstruoso es un resultado de la normalización de las cosas, que le da al cuerpo una forma y un tiempo determinados, mientras que “todo lo que es abyecto, o monstruoso, lo es porque no funciona en los sistemas de producción, lo es porque está fuera de toda norma”. Lo monstruoso en Romo es una postura política, intelectual y poética. De la misma forma en Santiago Carusso, quien reflexiona acerca de lo monstruoso como lo otro que es extraño, lo antihumano. Una manera, si se quiere, cercana a lo siniestro freudiano, pero en clave simbólica, como sus trabajos. Lo de Santiago es una construcción política, en el mismo sentido que Romo, además de una construcción dialéctica; para él, la ilustración es un trabajo de diálogo con la realidad, que se construye a partir de lo que observamos e interpretamos. Ahí es donde se juega el papel del ilustrador, en su capacidad para transformar la realidad, su realidad, de manera indirecta, con pequeños gestos, pequeñas anécdotas de un mundo infinito, donde sólo somos una pequeña y mísera parte. Un monstruo dentro del alucinante orden de las cosas.